viernes, 20 de marzo de 2015

No voy a pensar un título

Este es el adiós escrito en la punta de mi lengua y en mis lagrimales.
No estoy, aunque te prometa lo contrario, ya no estoy. No estás. Porque yo ya no soy, y tu tampoco eres. Una vez escuché en alguna canción una frase que supe que acabaría usando: "Eres el inmortal reflejo de aquello que un día fue". Y me temo que ese momento ha llegado.
Este es el adiós que provoca un mordisco  del lobo Miedo que se ha puesto a vivir en mi pecho cada vez que lo pienso.
Este es el necesario adiós que te he prometido, jurado y perjurado que no existe, que no existirá.
Te he hablado de mi lobo. Pero te he hecho creer que le quiero y que pretendo dejar que viva conmigo para siempre. Esta viejecito ya, le fallan las patas de tanto dar guerra y apenas le alimento, apenas le alimentas.
Sigo aquí en realidad, físicamente estoy, mis promesas existen. Pero mientras prometo y te adoro estoy buscando por los recovecos, debajo de las mesas, detrás de las cómodas la fuerza para dejarte inconsciente, quitarte las llaves de la puerta y salir corriendo. Correr sin mirar atrás, olvidar todo, ignorar que existió nada de aquello de lo que huyo.
Me tocan a mi las llaves. Ya las has tenido suficiente y las has usado para reírte de mi. Me has encerrado fuera y me has dejado tiritar. Cuando te has cansado me has encerrado dentro y me has abrazado.  Peor que haber tiritado, me has hecho creer que merecía tiritar. Que no merecía ni una manta ni un abrazo. Eso no va a desaparecer. Va a quedar una cicatriz que no vas a preocuparte por curar, por evitar que se infecte. Simplemente no te interesa, no te llama la atención.
Por ello cuando yo descubra cómo se hace y recupere algo de fuerzas saldré de aquí el doble de fuerte y el doble de sabia.
Las llaves me las colgare al cuello cual medalla.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Actuar de forma templada nunca fue ser yo misma,
impulsiva, pero no inmadura, más bien sincera
Tampoco consideré jamás hacer lo correcto antes que lo que intuyo estar viva,
y me da mucho miedo la muerte
Puedo decir, y digo, que me voy a olvidar de ti, hacerme creer que eres "uno más", que no te he respirado durante un año entero de mi vida,
pero llevo cuatro infernales meses intentando odiarte,
despreciarte,
echarte,
aplastarte,
ridiculizarte,
matarte                                                                     dentro
y no puedo.
No me dejo.
Creo recordar que en un momento continué esto haciéndote mil promesas.
He de corregir lo anteriormente dicho.
Retomo en el "No te voy a olvidar", y me reafirmo. No te voy a olvidar, tampoco te voy a despreciar.
Nada es blanco, nada es negro.
Tu recuerdo es agridulce y mi corazón tampoco es amargo.
Te he amado como pocos pueden decir que han amado a los 18.
He querido conservarte en mi vida porque te he considerado importante, porque me has curado heridas, porque transformar tanto amor en un amor distinto, pero no menos fuerte, hubiera sido maravilloso. Quiero creer que hubiera disfrutado de ti bajo una nueva perspectiva.
Hoy he aceptado que no puedo luchar contra tu indiferencia, y que tampoco eres culpable de ella.
No me creo capaz de darte con la puerta en las narices jamás si algún día llamas a ella, pero tampoco voy a llamar yo a la tuya.
Te di todo lo que tenia, teñido de dolor, y, quiero creer, solo pudiste lanzármelo a la cara, echarme, esconderte de mi lo mejor posible.
Te perdono.
No recibí ni un simple felicidades por mi decimoctavo cumpleaños, cuando yo he recorrido calles de Roma en Julio para buscar postal, sello y buzón por ti. Solo por ti. Y ya me habías roto el corazón.
Te perdono.
También me he exprimido la cabeza, te he buscado ayuda, he escrito largas cartas con el único fin de hacerte feliz, o de hacértelo mas llevadero cuando ser feliz para ti era complicado. Jamás podrás negarte a ver cuanto tiempo te he dedicado, que puros y desinteresados han sido algunos gestos.
No me arrepiento. He sido preciosa.
No pretendo echarme flores, era así porque estaba enamorada, y eso no tiene ningún mérito.
Al final, después de retorcerme de dolor un tiempo, me he levantado sola y te he perdonado.
Te he perdonado porque todos hacemos cosas imperdonables y estoy convencida de que tienes tus razones y que un día te miraré a los ojos y, si no veo orgullo, te diré que lo entiendo. 
Te he perdonado porque te he querido y te he mimado.
Tampoco te puedo culpar del hecho de que no podamos elegir a quién amamos, y por primera vez lo veo.

Te voy a echar siempre de menos, me llenaste el corazón y la cabeza de flores y fuiste todo mi mundo durante unos meses, jamás lo olvidaré.
Sin embargo dejé de ser esa persona, me saqué a mi misma del infierno y como ya te dije una vez, no te necesito para ser feliz.








viernes, 26 de septiembre de 2014

Viernes

Los viernes las ausencias se hacen más pesadas.
Hoy, en este momento y en este lugar, a pesar de que es una tragedia diminuta, no hay nada más doloroso que saber que te has ido, que nunca volverás, que te he querido tanto que no has podido soportarlo.
No hay soledad más grande que saber que estás más lejos que cualquier otro ser humano y que daría cualquier cosa por que sujetaras mi mano y acunaras mi pena, por retroceder durante un rato a las personas que éramos hace seis meses, y sin embargo estoy sola.
La desesperación de saber que no puedo dejar de quererte y de que seguiré sufriendo mientras lo haga es tan inmensa que me absorbe hasta dejarme sin respiración y sin energía para luchar por ella.
Y lo más injusto de todo es que tú eres feliz en tu rincón del planeta, a miles de kilómetros de aquí y seguramente ya no te importe la persona que hace menos de un año creías firmemente amar mientras ella sabía que te amaba y se ha quedado atrapada por los escombros de tus destrozos.

Huiste para no verlo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Septiembre

Te escribo con la seguridad de que no responderás,
te escribo con la desinhibición de que no me leerás.

Te entrego todo lo que tengo y te lo dejo donde no puedes verlo,
otra vez, por primera vez, por última vez.

Un día oscuro,
otra vez, por primera vez, por última vez.

Las nueve de la noche. El tren. La soledad y las risas. Hay gente perdida y otros ni se preguntan dónde están. Porqué están. El constitucional me da vueltas en la cabeza. Entre leyes y tú estoy aturdida. Quiero dormir. No. Quiero vivir. No sé qué quiero. Definitivamente quiero dormir. Pero no puedo. Tengo que llegar a casa, tengo que cenar, tengo que hablar de cosas que no me interesan y aguantarme las que quiero gritar. Tengo que estudiar, y, después de un día agotador aun así tampoco podré dormir después.

Soy débil. Soy frágil. Lo sabes y aún así te has ido. Te quieres convencer de que puedo con esto. Quieres creerte que me conoces mejor que yo. Estoy cansada. No tengo energía para defenderme durante páginas y páginas contra ti con el fin de recordarme que no me mereces, que no tiene sentido echarte de menos. Hoy no. Hoy te necesito. Hoy quiero que vuelva a mi lado un rato el chico que me sacó de casa el seis de marzo y gracias al cual comprendí que si existen despedidas desgarradoras. Necesito una última de esas miradas que se te ponían cuando me convencías para que tocara el piano. Sin darte cuenta eran mucho más expresivas que cualquiera de tus "te quiero". Quiero tus ojos grandes y tu mirada dulce. Quiero tus besos y el nido de tus brazos, el olor de tu cuello, tu pelo suave y la profundidad de la que nacía la risa en tu pecho. También quiero tu cicatriz. Eras mi cuna, me mecías cuando no podía dormir, cuando no podía sonreír.

Ya está, ya puedo dormir. En el suelo.
Otra vez, por primera vez, por última vez.

sábado, 31 de mayo de 2014

Desgaste

Es negro y obscuro, es doloroso y le gusta hurgar en las heridas, avivarlas arañando con un cuchillo con filo de conciencia. Me está comiendo y me está consumiendo, no me deja dormir, reír, fluir. Se concentra en vaciarme, en exprimirme gota a gota hasta que no me quede nada. Hasta dejarme sin fuerzas, hasta que yo ya no sea yo, y ya no tenga de qué alimentarse. Y se muera.
Entonces seré vosotros y seré lo que hago, seré creatividad, color, música y todo lo que me rodea. Viento, lluvia, calles, ruidos, mujer, hombre, pájaro y asfalto. Atardecer, instrumento, lienzo, fotografía y muerte.
Todo y nada. Amor y miedo. Esperanza y destrucción.

domingo, 12 de enero de 2014

valentía

Valentía es cómo enseñas tus heridas. Es cómo haces y dices lo que nadie entiende. Es cómo muestras tu alma desnuda, es cómo crees en el sol sin haberlo visto nunca. Valentía es cómo sonríes en medio del infierno. Es cómo reinventas tu camino escondido por la nieve del profundo invierno. Valentía son los hilos de oro que suturan las heridas de tu corazón. Valentía es cómo afrontas los miedos que te impedían vivir tu pasión. Valentía es la firmeza con la que caminas. Valentía son tu fortaleza y tu calma. Valentía es cómo abrazas la imperfección.
Valentía.
valentía.

sábado, 9 de noviembre de 2013

.

Supongo que ya pocas personas dicen lo que piensan, da miedo. Da mucho miedo equivocarse. De persona, de palabra, de expresión, de momento, de mentira. Es un mundo más seguro, pero no es un mundo de verdad.

bancos blancos

Cuantas mañanas me has mirado a los ojos y no me has reconocido? Pero no te has escapado, me has dado la mano, me has preguntado por las cosas felices, quizá para que me acuerde de que existen, quizá porque esas cosas te salen del corazón. Tu corazón que es puro, el único que merece salvación. Cuantas lagrimas has enjuagado? Y aún así has conseguido no ahogarte en ellas. Has soportado mis desvaríos, mi desconfianza, mi amargura. Has visto mis heridas a corazón abierto y no te han dado miedo. Cuantos errores me has perdonado? Has luchado para que los entienda, para que no me vaya a dormir con el corazón vacío y los ojos repletos de lágrimas.
Has estado en guerra contra mi odio y mi dolor, mi decepción. Los has vencido con amor y lo has hecho tú sola, sin tener ninguna razón para hacerlo. Has curado lo que otros han destrozado porque sabes querer como ya nadie lo hace, sin interés, sin prejuicios, sin miedo, como una niña pequeña.

Todo irá bien, por favor no te vayas de mi lado.

domingo, 14 de julio de 2013

Tengo Miedo

Tengo miedo y me encierro y me muero.
Tengo miedo y no me muevo.
Tengo miedo y no escribo porque no quiero plasmar el contenido de mi alma, oscuro, confuso, egoísta y ciego.
Suicida pero alegre, perdida pero llena de esperanza.
Tengo miedo del Arte pero vivo por él, tengo miedo de mi misma, soy mi propia asesina.
Pero no puedo encerrarme en unas notas de piano, una canción, un dibujo, un llanto.
No me van a salvar y soy muy joven para dejar de luchar, para dejarme intimidar, para creer que todo se acaba.
Tengo miedo y se me olvida que me quieres, y se me olvida que te quiero.
Tengo miedo y no sé contártelo, y creo que no quieres saberlo.
Tengo miedo pero he aprendido a vivir.
Tengo miedo pero tengo que volver a empezar de cero.

sábado, 20 de abril de 2013

Polvo de estrellas

Otra noche más.
Camino por la calle, sola, mirando a las estrellas, buscando una vez más la salida en ellas, preguntándoles ¿Por qué?
Una vez más, les pido a ellas la solución que sólo puedo encontrar en mi corazón.
Son tan bellas, tan grandes, tan frías y distantes, reinas de la noche, hermanas pequeñas de la luna.
No tienen corazón, así que éste nunca las hace sufrir. Cuando yo estoy harta de él, me gustaría ser una de ellas. Allí arriba se debe vivir bien, lejos de las injusticias, de la muerte, del abandono, del dolor... Pero después de observarlas un rato, embaucada por su belleza, cambio de idea, al darme cuenta de que ellas no pueden observarse a sí mismas, y yo no quiero perderme las estrellas. Además... no viven, están aburridas. Se limitan a mirarnos, desde arriba, con arrogancia, alimentadas tan sólo por su propia grandiosidad. Yo quiero vivir, quiero exprimir cada gota de la vida, al máximo, quiero quemar cada una de sus posibilidades, ir coleccionando nuevas emociones al final de cada día. Quiero amar, las estrellas no pueden amar, sólo viven de su propio calor. Nunca podrán siquiera imaginar la suavidad del contacto de la piel, la dulzura de un beso, el dolor en una lágrima, el contacto del pelo, la complicidad de una mirada. Las estrellas no conocen el Arte, nunca podrán oír la música, bailar al son de ésta, sentir la euforia de una noche que da impresión de libertad.
Yo no quiero vivir como una estrella... quiero vivir mirando a las estrellas.
Al fin y al cabo no somos polvo de estrellas, somos mucho más grandes que ellas.

miércoles, 10 de abril de 2013

Dolor FULGOR

Deja de destrozar tu propia alma corazón, que no es tarde, que no te va a consumir el dolor, no escupas más sobre el arma que te la rompió, sírvete de la experiencia para juntar los trozos con un pegamento mejor, y utiliza tu talento, ese don, sin miedo, para cegar ante los ojos del mundo el arma seductora, destructora, con tu fulgor. Brilla, solo necesitas valentía, tu propia perfección la llevas en el interior.

domingo, 7 de abril de 2013

Antes de olvidar

Yo soy la que se esconde cuando pasas, como una indiferente más, la que no te mira, la que huye, la que calla. Soy la que duerme. La que duerme para soñar contigo, la que dibuja para plasmar con sus manos lo que le gustaría recorrer con ellas, recorrerte. La que te pide que no la hables pero se mete los auriculares hasta el tímpano para recordar aislada del mundo cada uno de tus susurros cariñosos, sin importunos que la distraigan de éste, su pasatiempo favorito. La que se proclama superior a ti y esa misma que cayó a tus pies hace mucho tiempo y aún no se ha levantado.

Olvidar.

jueves, 4 de abril de 2013

Aprendiendo a vivir en una cama de hospital


Tumbada  sobre la camilla, mareada, apenas oía mi propia risa puesta en piloto automático. Me estaban cosiendo la cara, más específicamente el labio, mis preciosos labios, la única parte de mi cuerpo que siempre había querido, tenían que ser mis labios… y mi barbilla. Mi única reacción externa ante tanto dolor: la risa. No quería bajar de mi nube de risa, en la que me suelo refugiar del dolor, es una anestesia bastante eficaz. Parecía todo tan surreal… Yo, que nunca había tenido un rasguño, y de repente, lo que parecía tan fuerte, se desgarraba en un segundo, desaparecía, sin más, como si fuera un trocito de papel sin importancia. En ese momento lo entendí: la vida es frágil, mucho más frágil de lo que imaginamos, un segundo, una mala caída, una distracción, un volantazo, un fallo técnico y todo desaparece. Y parece que no nos damos cuenta, los seres humanos nos sentimos eternos, quizá sea el trocito de dios que llevamos dentro. O del demonio, porque no nos deja darnos cuenta de que el tiempo se nos acaba poco a poco, que nunca lo vamos a recuperar, y lo perdemos haciendo tonterías. ¿Por qué estaremos así de mal diseñados? Sobrecogida por mi accidente, sintiéndome débil y a la vez tremendamente afortunada, ese día decidí encontrar la forma de llegar al día de mi último adiós y pensar “ha merecido la pena”, “he disfrutado, he sentido emociones, he amado, en definitiva, he vivido”. Quiero descubrir por qué tenemos miedo, un sentimiento que no suele llevarnos a ningún lado, si acaso a un lugar oscuro, sin esperanza, quiero saber por qué tratamos mal a los que nos rodean, por qué nos hundimos, por qué nos odiamos a nosotros mismos, por qué algunos pierden la esperanza, por qué nos domina lo material, por qué sufre la gente buena, por qué hay gente mala, por qué hay gente que tiene una vida tan dura, si ante la muerte somos todos iguales, ni riqueza ni color de piel ni sexo pueden influir ante la llegada de la muerte. Quizás sea demasiado ambiciosa, y un poco contradictoria queriendo resolver todas estas dudas, porque resolverlas todas sería imposible y enloquecedor. La única solución posible es ayudar a que este mundo sea un poquito mejor, mediante solidaridad, amor, felicidad. Seamos felices por favor, que no tenemos tiempo para más, levantémonos cada mañana y recordemos todo lo bueno que tenemos, pensemos en a quién podemos ayudar hoy, sonríamos y desentonemos con el resto del mundo, y que poco a poco, nos pongamos todos en esta misma sintonía. Soñemos como niños, hasta que todo se acaba nada está perdido, ¿por qué pierden algunos la ilusión? Exploremos este mundo, lleno de posibilidades, perdonemos a quienes nos hacen daño porque ¿qué beneficio puede traernos pensar mal de alguien? Ciertamente sólo dolor. Tengo 16 años, soy una niña como cualquier otra, y nadie me va a escuchar pero aporto mi granito de arena, a la playa que es el mundo ya que el propio dolor me ha enseñado que el dolor no vale la pena.

La llamada del mar


Sé que incluso aquél que no lo conocía, sintió su llamada. Mientras siga existiendo vida sobre este planeta, el mar seguirá estremeciendo nuestras almas, atrayéndonos hacia él, intrigados por los misterios que esconde, por todo aquello que sabemos que nunca llegaremos a conocer. Puede que sea porque hay mucha más agua que tierra en nuestro rincón del universo, puede que porque haya más agua que tierra en nosotros mismos, puede que por su pureza, por su transparencia, por su color, tan bello como el color del lugar en el que muchos esperamos acabar, cuando nuestros caminos se trunquen. Hasta el jefe más patriota de cualquier tribu sahariana, o el más puro monje tibetano ha soñado alguna vez con el misterio azul, al haber escuchado a viajeros maravillados por su inmensidad.

“Cristina te estamos esperando, baja la maleta!” El grito de mi madre, agudo, deformado por los nervios de que todo saliese perfecto, me despertó de mis reflexiones, teníamos que salir ya para Barcelona, o perderíamos preciosas horas de vacaciones sumergidos en atascos entre personas que habrían sido igual de poco previsoras que nosotros. Metí a presión dos bañadores, un cuaderno, cogí los cascos y bajé la escalera milagrosamente sin  romperme la nariz, sólo un pequeño moratón al saltarme el último peldaño, feliz de desaparecer por un tiempo, de alejarme de la rutina, agotadora, a la vez que agobiada, temiendo una madre refunfuñona con ganas de llegar a la playa. Mi hermano Jaime agarró al vuelo  la maleta, que bajaba descontrolada precediéndome por las escaleras, velozmente antes de que mamá la viese, me ayudó a levantarme, se rió un poco de mí, soltó su típico “Cris… eres un caso perdido!” y se alejó con mi maleta. Salí corriendo detrás de él, esta vez con un poco más de cuidado y llegué al coche sana y salva, para gran asombro de Jaime. A los cinco minutos ya estábamos en la autopista, rumbo directo a una libertad temporal pero anhelada como si fuese definitiva. Agotada de la noche anterior, bien aprovechada al ser la última de fiesta hasta la vuelta, apoyé la cara sobre la ventana, los pies invadiendo el espacio vital de mi hermano, que ya se ha rendido, después de experimentar años de inútiles quejas. Me coroné de mis enormes cascos, que me hacen las veces de almohada, y antes de encender la música, caí redonda. Cuando me desperté, un suave olor a salitre entraba por la ventana abierta del copiloto.

Olor a salitre! Ahora me daba cuenta de cuánto lo había echado de menos. Me llenó de euforia, un olor que te abre esperanzas ante unos días memorables, característica que suele acompañar los momentos pasados cerca de ese olor, al igual que el calor, la tranquilidad, el descanso… la felicidad! Es un recuerdo en forma de olor. Paramos el coche en el paseo marítimo, para saludar al mar antes de que anocheciese y, sin darme cuenta, abrí la puerta, salté fuera y crucé corriendo la acera del paseo marítimo, me plaqué contra la valla, subí a la primera barra y sin ni siquiera pensar en lo peligroso de mi postura, abrí los brazos, cerré los ojos e inspiré a pleno pulmón el olor del mar, dejándome embriagar por su aroma. Un aroma indescriptible, un aroma que tiene el poder de inspirarte, de hacerte sentir libre, tranquilo, en paz, es un olor que parece que te dice “por muy dura que se ponga la vida, no te preocupes, que yo siempre estaré aquí para reconfortarte”. Al expirar, feliz, me dejé caer de la barandilla, todavía con los ojos cerrados, apoyando mis codos sobre ella, dejándola soportar todo mi peso, porfin relajada. Con una media sonrisa dibujada en mi cara, abrí lentamente los ojos, para observar una de las escenas  más bonitas de las que nos regala la que supera a cualquier artista: La Naturaleza.  El sol se estaba poniendo. La media esfera parecía ser engullida por el mar en el horizonte, quemándose, perdiendo la batalla, a cada momento más roja y más espectacular, dejando como único rastro un reflejo que hacía brillar el mar, vencedor, haciéndolo aún más bello..  La inexplicable escala de colores que dibuja la naturaleza había pintado las nubes de rosa, un rosa inocente, como el algodón de azúcar, tan ajeno a la pasión y la energía que transmitía el sol al desaparecer, justo debajo de ellas. Emocionada, solté la valla y bajé corriendo la primera escalera que descendía hacia la playa, me senté de rodillas sobre la arena, suave y beige, la acaricié y cogí un puñado con cada mano, dejándola caer sobre mis piernas, para sumergirme aún más en las sensaciones que producía. Me tumbé boca arriba, mirando hacia la orilla, observando el pequeño desierto de dunas que era la playa hasta llegar a romper con la espuma blanca de las olas. Al cabo de un rato me levanté y recorrí todo el paseo marítimo, observando el ir y venir de las hojas de las palmeras, mecidas por el viento de ésta época del año, los pescadores recogiendo las redes, los niños riendo y corriendo mientras sus padres cenaban, con helados de todos los colores en sus pequeñas manos, empezaba a refrescar, pero era un frío distinto del de la ciudad, un frío que penetra la carne. Caminando, llegué al restaurante pesquero en el que cenamos siempre la primera noche que llegamos a Sitges, y ahí estaban, sentados, riendo, mis padres y Jaime, parecían más ligeros, como si se hubiesen quitado un peso de encima: Por fin habían acudido a la inevitable llamada del mar.