sábado, 20 de abril de 2013

Polvo de estrellas

Otra noche más.
Camino por la calle, sola, mirando a las estrellas, buscando una vez más la salida en ellas, preguntándoles ¿Por qué?
Una vez más, les pido a ellas la solución que sólo puedo encontrar en mi corazón.
Son tan bellas, tan grandes, tan frías y distantes, reinas de la noche, hermanas pequeñas de la luna.
No tienen corazón, así que éste nunca las hace sufrir. Cuando yo estoy harta de él, me gustaría ser una de ellas. Allí arriba se debe vivir bien, lejos de las injusticias, de la muerte, del abandono, del dolor... Pero después de observarlas un rato, embaucada por su belleza, cambio de idea, al darme cuenta de que ellas no pueden observarse a sí mismas, y yo no quiero perderme las estrellas. Además... no viven, están aburridas. Se limitan a mirarnos, desde arriba, con arrogancia, alimentadas tan sólo por su propia grandiosidad. Yo quiero vivir, quiero exprimir cada gota de la vida, al máximo, quiero quemar cada una de sus posibilidades, ir coleccionando nuevas emociones al final de cada día. Quiero amar, las estrellas no pueden amar, sólo viven de su propio calor. Nunca podrán siquiera imaginar la suavidad del contacto de la piel, la dulzura de un beso, el dolor en una lágrima, el contacto del pelo, la complicidad de una mirada. Las estrellas no conocen el Arte, nunca podrán oír la música, bailar al son de ésta, sentir la euforia de una noche que da impresión de libertad.
Yo no quiero vivir como una estrella... quiero vivir mirando a las estrellas.
Al fin y al cabo no somos polvo de estrellas, somos mucho más grandes que ellas.

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