Sé que incluso aquél que no lo conocía, sintió su llamada.
Mientras siga existiendo vida sobre este planeta, el mar seguirá estremeciendo
nuestras almas, atrayéndonos hacia él, intrigados por los misterios que
esconde, por todo aquello que sabemos que nunca llegaremos a conocer. Puede que
sea porque hay mucha más agua que tierra en nuestro rincón del universo, puede
que porque haya más agua que tierra en nosotros mismos, puede que por su
pureza, por su transparencia, por su color, tan bello como el color del lugar
en el que muchos esperamos acabar, cuando nuestros caminos se trunquen. Hasta
el jefe más patriota de cualquier tribu sahariana, o el más puro monje tibetano
ha soñado alguna vez con el misterio azul, al haber escuchado a viajeros
maravillados por su inmensidad.
“Cristina te estamos esperando, baja la
maleta!” El grito de mi madre, agudo, deformado por los nervios de que todo
saliese perfecto, me despertó de mis reflexiones, teníamos que salir ya para
Barcelona, o perderíamos preciosas horas de vacaciones sumergidos en atascos entre
personas que habrían sido igual de poco previsoras que nosotros. Metí a presión
dos bañadores, un cuaderno, cogí los cascos y bajé la escalera milagrosamente
sin romperme la nariz, sólo un pequeño
moratón al saltarme el último peldaño, feliz de desaparecer por un tiempo, de
alejarme de la rutina, agotadora, a la vez que agobiada, temiendo una madre
refunfuñona con ganas de llegar a la playa. Mi hermano Jaime agarró al vuelo la maleta, que bajaba descontrolada
precediéndome por las escaleras, velozmente antes de que mamá la viese, me
ayudó a levantarme, se rió un poco de mí, soltó su típico “Cris… eres un caso
perdido!” y se alejó con mi maleta. Salí corriendo detrás de él, esta vez con
un poco más de cuidado y llegué al coche sana y salva, para gran asombro de
Jaime. A los cinco minutos ya estábamos en la autopista, rumbo directo a una
libertad temporal pero anhelada como si fuese definitiva. Agotada de la noche
anterior, bien aprovechada al ser la última de fiesta hasta la vuelta, apoyé la
cara sobre la ventana, los pies invadiendo el espacio vital de mi hermano, que
ya se ha rendido, después de experimentar años de inútiles quejas. Me coroné de
mis enormes cascos, que me hacen las veces de almohada, y antes de encender la
música, caí redonda. Cuando me desperté, un suave olor a salitre entraba por la
ventana abierta del copiloto.
Olor a salitre! Ahora me daba cuenta de cuánto lo había
echado de menos. Me llenó de euforia, un olor que te abre esperanzas ante unos
días memorables, característica que suele acompañar los momentos pasados cerca
de ese olor, al igual que el calor, la tranquilidad, el descanso… la felicidad!
Es un recuerdo en forma de olor. Paramos el coche en el paseo marítimo, para
saludar al mar antes de que anocheciese y, sin darme cuenta, abrí la puerta,
salté fuera y crucé corriendo la acera del paseo marítimo, me plaqué contra la
valla, subí a la primera barra y sin ni siquiera pensar en lo peligroso de mi
postura, abrí los brazos, cerré los ojos e inspiré a pleno pulmón el olor del
mar, dejándome embriagar por su aroma. Un aroma indescriptible, un aroma que
tiene el poder de inspirarte, de hacerte sentir libre, tranquilo, en paz, es un
olor que parece que te dice “por muy dura que se ponga la vida, no te preocupes,
que yo siempre estaré aquí para reconfortarte”. Al expirar, feliz, me dejé caer
de la barandilla, todavía con los ojos cerrados, apoyando mis codos sobre ella,
dejándola soportar todo mi peso, porfin relajada. Con una media sonrisa dibujada
en mi cara, abrí lentamente los ojos, para observar una de las escenas más bonitas de las que nos regala la que
supera a cualquier artista: La Naturaleza.
El sol se estaba poniendo. La media esfera parecía ser engullida por el
mar en el horizonte, quemándose, perdiendo la batalla, a cada momento más roja
y más espectacular, dejando como único rastro un reflejo que hacía brillar el
mar, vencedor, haciéndolo aún más bello..
La inexplicable escala de colores que dibuja la naturaleza había pintado
las nubes de rosa, un rosa inocente, como el algodón de azúcar, tan ajeno a la
pasión y la energía que transmitía el sol al desaparecer, justo debajo de
ellas. Emocionada, solté la valla y bajé corriendo la primera escalera que
descendía hacia la playa, me senté de rodillas sobre la arena, suave y beige,
la acaricié y cogí un puñado con cada mano, dejándola caer sobre mis piernas,
para sumergirme aún más en las sensaciones que producía. Me tumbé boca arriba,
mirando hacia la orilla, observando el pequeño desierto de dunas que era la
playa hasta llegar a romper con la espuma blanca de las olas. Al cabo de un
rato me levanté y recorrí todo el paseo marítimo, observando el ir y venir de
las hojas de las palmeras, mecidas por el viento de ésta época del año, los pescadores
recogiendo las redes, los niños riendo y corriendo mientras sus padres cenaban,
con helados de todos los colores en sus pequeñas manos, empezaba a refrescar,
pero era un frío distinto del de la ciudad, un frío que penetra la carne.
Caminando, llegué al restaurante pesquero en el que cenamos siempre la primera
noche que llegamos a Sitges, y ahí estaban, sentados, riendo, mis padres y
Jaime, parecían más ligeros, como si se hubiesen quitado un peso de encima: Por
fin habían acudido a la inevitable llamada del mar.

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