Tumbada sobre la
camilla, mareada, apenas oía mi propia risa puesta en piloto automático. Me
estaban cosiendo la cara, más específicamente el labio, mis preciosos labios,
la única parte de mi cuerpo que siempre había querido, tenían que ser mis
labios… y mi barbilla. Mi única reacción externa ante tanto dolor: la risa. No
quería bajar de mi nube de risa, en la que me suelo refugiar del dolor, es una
anestesia bastante eficaz. Parecía todo tan surreal… Yo, que nunca había tenido
un rasguño, y de repente, lo que parecía tan fuerte, se desgarraba en un
segundo, desaparecía, sin más, como si fuera un trocito de papel sin
importancia. En ese momento lo entendí: la vida es frágil, mucho más frágil de
lo que imaginamos, un segundo, una mala caída, una distracción, un volantazo,
un fallo técnico y todo desaparece. Y parece que no nos damos cuenta, los seres
humanos nos sentimos eternos, quizá sea el trocito de dios que llevamos dentro.
O del demonio, porque no nos deja darnos cuenta de que el tiempo se nos acaba
poco a poco, que nunca lo vamos a recuperar, y lo perdemos haciendo tonterías.
¿Por qué estaremos así de mal diseñados? Sobrecogida por mi accidente,
sintiéndome débil y a la vez tremendamente afortunada, ese día decidí encontrar
la forma de llegar al día de mi último adiós y pensar “ha merecido la pena”,
“he disfrutado, he sentido emociones, he amado, en definitiva, he vivido”.
Quiero descubrir por qué tenemos miedo, un sentimiento que no suele llevarnos a
ningún lado, si acaso a un lugar oscuro, sin esperanza, quiero saber por qué
tratamos mal a los que nos rodean, por qué nos hundimos, por qué nos odiamos a
nosotros mismos, por qué algunos pierden la esperanza, por qué nos domina lo
material, por qué sufre la gente buena, por qué hay gente mala, por qué hay
gente que tiene una vida tan dura, si ante la muerte somos todos iguales, ni
riqueza ni color de piel ni sexo pueden influir ante la llegada de la muerte.
Quizás sea demasiado ambiciosa, y un poco contradictoria queriendo resolver
todas estas dudas, porque resolverlas todas sería imposible y enloquecedor. La
única solución posible es ayudar a que este mundo sea un poquito mejor,
mediante solidaridad, amor, felicidad. Seamos felices por favor, que no tenemos
tiempo para más, levantémonos cada mañana y recordemos todo lo bueno que
tenemos, pensemos en a quién podemos ayudar hoy, sonríamos y desentonemos con
el resto del mundo, y que poco a poco, nos pongamos todos en esta misma
sintonía. Soñemos como niños, hasta que todo se acaba nada está perdido, ¿por
qué pierden algunos la ilusión? Exploremos este mundo, lleno de posibilidades,
perdonemos a quienes nos hacen daño porque ¿qué beneficio puede traernos pensar
mal de alguien? Ciertamente sólo dolor. Tengo 16 años, soy una niña como
cualquier otra, y nadie me va a escuchar pero aporto mi granito de arena, a la
playa que es el mundo ya que el propio dolor me ha enseñado que el dolor no
vale la pena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario