Te escribo con la seguridad de que no responderás,
te escribo con la desinhibición de que no me leerás.
Te entrego todo lo que tengo y te lo dejo donde no puedes verlo,
otra vez, por primera vez, por última vez.
Un día oscuro,
otra vez, por primera vez, por última vez.
Las nueve de la noche. El tren. La soledad y las risas. Hay gente perdida y otros ni se preguntan dónde están. Porqué están. El constitucional me da vueltas en la cabeza. Entre leyes y tú estoy aturdida. Quiero dormir. No. Quiero vivir. No sé qué quiero. Definitivamente quiero dormir. Pero no puedo. Tengo que llegar a casa, tengo que cenar, tengo que hablar de cosas que no me interesan y aguantarme las que quiero gritar. Tengo que estudiar, y, después de un día agotador aun así tampoco podré dormir después.
Soy débil. Soy frágil. Lo sabes y aún así te has ido. Te quieres convencer de que puedo con esto. Quieres creerte que me conoces mejor que yo. Estoy cansada. No tengo energía para defenderme durante páginas y páginas contra ti con el fin de recordarme que no me mereces, que no tiene sentido echarte de menos. Hoy no. Hoy te necesito. Hoy quiero que vuelva a mi lado un rato el chico que me sacó de casa el seis de marzo y gracias al cual comprendí que si existen despedidas desgarradoras. Necesito una última de esas miradas que se te ponían cuando me convencías para que tocara el piano. Sin darte cuenta eran mucho más expresivas que cualquiera de tus "te quiero". Quiero tus ojos grandes y tu mirada dulce. Quiero tus besos y el nido de tus brazos, el olor de tu cuello, tu pelo suave y la profundidad de la que nacía la risa en tu pecho. También quiero tu cicatriz. Eras mi cuna, me mecías cuando no podía dormir, cuando no podía sonreír.
Ya está, ya puedo dormir. En el suelo.
Otra vez, por primera vez, por última vez.
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