sábado, 9 de noviembre de 2013
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Supongo que ya pocas personas dicen lo que piensan, da miedo. Da mucho miedo equivocarse. De persona, de palabra, de expresión, de momento, de mentira. Es un mundo más seguro, pero no es un mundo de verdad.
bancos blancos
Cuantas mañanas me has mirado a los ojos y no me has reconocido? Pero no te has escapado, me has dado la mano, me has preguntado por las cosas felices, quizá para que me acuerde de que existen, quizá porque esas cosas te salen del corazón. Tu corazón que es puro, el único que merece salvación. Cuantas lagrimas has enjuagado? Y aún así has conseguido no ahogarte en ellas. Has soportado mis desvaríos, mi desconfianza, mi amargura. Has visto mis heridas a corazón abierto y no te han dado miedo. Cuantos errores me has perdonado? Has luchado para que los entienda, para que no me vaya a dormir con el corazón vacío y los ojos repletos de lágrimas.
Has estado en guerra contra mi odio y mi dolor, mi decepción. Los has vencido con amor y lo has hecho tú sola, sin tener ninguna razón para hacerlo. Has curado lo que otros han destrozado porque sabes querer como ya nadie lo hace, sin interés, sin prejuicios, sin miedo, como una niña pequeña.
Todo irá bien, por favor no te vayas de mi lado.
Has estado en guerra contra mi odio y mi dolor, mi decepción. Los has vencido con amor y lo has hecho tú sola, sin tener ninguna razón para hacerlo. Has curado lo que otros han destrozado porque sabes querer como ya nadie lo hace, sin interés, sin prejuicios, sin miedo, como una niña pequeña.
Todo irá bien, por favor no te vayas de mi lado.
domingo, 14 de julio de 2013
Tengo Miedo
Tengo miedo y me encierro y me muero.
Tengo miedo y no me muevo.
Tengo miedo y no escribo porque no quiero plasmar el contenido de mi alma, oscuro, confuso, egoísta y ciego.
Suicida pero alegre, perdida pero llena de esperanza.
Tengo miedo del Arte pero vivo por él, tengo miedo de mi misma, soy mi propia asesina.
Pero no puedo encerrarme en unas notas de piano, una canción, un dibujo, un llanto.
No me van a salvar y soy muy joven para dejar de luchar, para dejarme intimidar, para creer que todo se acaba.
Tengo miedo y se me olvida que me quieres, y se me olvida que te quiero.
Tengo miedo y no sé contártelo, y creo que no quieres saberlo.
Tengo miedo pero he aprendido a vivir.
Tengo miedo pero tengo que volver a empezar de cero.
Tengo miedo y no me muevo.
Tengo miedo y no escribo porque no quiero plasmar el contenido de mi alma, oscuro, confuso, egoísta y ciego.
Suicida pero alegre, perdida pero llena de esperanza.
Tengo miedo del Arte pero vivo por él, tengo miedo de mi misma, soy mi propia asesina.
Pero no puedo encerrarme en unas notas de piano, una canción, un dibujo, un llanto.
No me van a salvar y soy muy joven para dejar de luchar, para dejarme intimidar, para creer que todo se acaba.
Tengo miedo y se me olvida que me quieres, y se me olvida que te quiero.
Tengo miedo y no sé contártelo, y creo que no quieres saberlo.
Tengo miedo pero he aprendido a vivir.
Tengo miedo pero tengo que volver a empezar de cero.
sábado, 20 de abril de 2013
Polvo de estrellas
Otra noche más.
Camino por la calle, sola, mirando a las estrellas, buscando una vez más la salida en ellas, preguntándoles ¿Por qué?
Una vez más, les pido a ellas la solución que sólo puedo encontrar en mi corazón.
Son tan bellas, tan grandes, tan frías y distantes, reinas de la noche, hermanas pequeñas de la luna.
No tienen corazón, así que éste nunca las hace sufrir. Cuando yo estoy harta de él, me gustaría ser una de ellas. Allí arriba se debe vivir bien, lejos de las injusticias, de la muerte, del abandono, del dolor... Pero después de observarlas un rato, embaucada por su belleza, cambio de idea, al darme cuenta de que ellas no pueden observarse a sí mismas, y yo no quiero perderme las estrellas. Además... no viven, están aburridas. Se limitan a mirarnos, desde arriba, con arrogancia, alimentadas tan sólo por su propia grandiosidad. Yo quiero vivir, quiero exprimir cada gota de la vida, al máximo, quiero quemar cada una de sus posibilidades, ir coleccionando nuevas emociones al final de cada día. Quiero amar, las estrellas no pueden amar, sólo viven de su propio calor. Nunca podrán siquiera imaginar la suavidad del contacto de la piel, la dulzura de un beso, el dolor en una lágrima, el contacto del pelo, la complicidad de una mirada. Las estrellas no conocen el Arte, nunca podrán oír la música, bailar al son de ésta, sentir la euforia de una noche que da impresión de libertad.
Yo no quiero vivir como una estrella... quiero vivir mirando a las estrellas.
Al fin y al cabo no somos polvo de estrellas, somos mucho más grandes que ellas.
Camino por la calle, sola, mirando a las estrellas, buscando una vez más la salida en ellas, preguntándoles ¿Por qué?
Una vez más, les pido a ellas la solución que sólo puedo encontrar en mi corazón.
Son tan bellas, tan grandes, tan frías y distantes, reinas de la noche, hermanas pequeñas de la luna.
No tienen corazón, así que éste nunca las hace sufrir. Cuando yo estoy harta de él, me gustaría ser una de ellas. Allí arriba se debe vivir bien, lejos de las injusticias, de la muerte, del abandono, del dolor... Pero después de observarlas un rato, embaucada por su belleza, cambio de idea, al darme cuenta de que ellas no pueden observarse a sí mismas, y yo no quiero perderme las estrellas. Además... no viven, están aburridas. Se limitan a mirarnos, desde arriba, con arrogancia, alimentadas tan sólo por su propia grandiosidad. Yo quiero vivir, quiero exprimir cada gota de la vida, al máximo, quiero quemar cada una de sus posibilidades, ir coleccionando nuevas emociones al final de cada día. Quiero amar, las estrellas no pueden amar, sólo viven de su propio calor. Nunca podrán siquiera imaginar la suavidad del contacto de la piel, la dulzura de un beso, el dolor en una lágrima, el contacto del pelo, la complicidad de una mirada. Las estrellas no conocen el Arte, nunca podrán oír la música, bailar al son de ésta, sentir la euforia de una noche que da impresión de libertad.
Yo no quiero vivir como una estrella... quiero vivir mirando a las estrellas.
Al fin y al cabo no somos polvo de estrellas, somos mucho más grandes que ellas.
miércoles, 10 de abril de 2013
Dolor FULGOR
Deja de destrozar tu propia alma corazón, que no es tarde, que no te va a consumir el dolor, no escupas más sobre el arma que te la rompió, sírvete de la experiencia para juntar los trozos con un pegamento mejor, y utiliza tu talento, ese don, sin miedo, para cegar ante los ojos del mundo el arma seductora, destructora, con tu fulgor. Brilla, solo necesitas valentía, tu propia perfección la llevas en el interior.
domingo, 7 de abril de 2013
Antes de olvidar
Yo soy la que se esconde cuando pasas, como una indiferente más, la que no te mira, la que huye, la que calla. Soy la que duerme. La que duerme para soñar contigo, la que dibuja para plasmar con sus manos lo que le gustaría recorrer con ellas, recorrerte. La que te pide que no la hables pero se mete los auriculares hasta el tímpano para recordar aislada del mundo cada uno de tus susurros cariñosos, sin importunos que la distraigan de éste, su pasatiempo favorito. La que se proclama superior a ti y esa misma que cayó a tus pies hace mucho tiempo y aún no se ha levantado.
Olvidar.
jueves, 4 de abril de 2013
Aprendiendo a vivir en una cama de hospital
Tumbada sobre la
camilla, mareada, apenas oía mi propia risa puesta en piloto automático. Me
estaban cosiendo la cara, más específicamente el labio, mis preciosos labios,
la única parte de mi cuerpo que siempre había querido, tenían que ser mis
labios… y mi barbilla. Mi única reacción externa ante tanto dolor: la risa. No
quería bajar de mi nube de risa, en la que me suelo refugiar del dolor, es una
anestesia bastante eficaz. Parecía todo tan surreal… Yo, que nunca había tenido
un rasguño, y de repente, lo que parecía tan fuerte, se desgarraba en un
segundo, desaparecía, sin más, como si fuera un trocito de papel sin
importancia. En ese momento lo entendí: la vida es frágil, mucho más frágil de
lo que imaginamos, un segundo, una mala caída, una distracción, un volantazo,
un fallo técnico y todo desaparece. Y parece que no nos damos cuenta, los seres
humanos nos sentimos eternos, quizá sea el trocito de dios que llevamos dentro.
O del demonio, porque no nos deja darnos cuenta de que el tiempo se nos acaba
poco a poco, que nunca lo vamos a recuperar, y lo perdemos haciendo tonterías.
¿Por qué estaremos así de mal diseñados? Sobrecogida por mi accidente,
sintiéndome débil y a la vez tremendamente afortunada, ese día decidí encontrar
la forma de llegar al día de mi último adiós y pensar “ha merecido la pena”,
“he disfrutado, he sentido emociones, he amado, en definitiva, he vivido”.
Quiero descubrir por qué tenemos miedo, un sentimiento que no suele llevarnos a
ningún lado, si acaso a un lugar oscuro, sin esperanza, quiero saber por qué
tratamos mal a los que nos rodean, por qué nos hundimos, por qué nos odiamos a
nosotros mismos, por qué algunos pierden la esperanza, por qué nos domina lo
material, por qué sufre la gente buena, por qué hay gente mala, por qué hay
gente que tiene una vida tan dura, si ante la muerte somos todos iguales, ni
riqueza ni color de piel ni sexo pueden influir ante la llegada de la muerte.
Quizás sea demasiado ambiciosa, y un poco contradictoria queriendo resolver
todas estas dudas, porque resolverlas todas sería imposible y enloquecedor. La
única solución posible es ayudar a que este mundo sea un poquito mejor,
mediante solidaridad, amor, felicidad. Seamos felices por favor, que no tenemos
tiempo para más, levantémonos cada mañana y recordemos todo lo bueno que
tenemos, pensemos en a quién podemos ayudar hoy, sonríamos y desentonemos con
el resto del mundo, y que poco a poco, nos pongamos todos en esta misma
sintonía. Soñemos como niños, hasta que todo se acaba nada está perdido, ¿por
qué pierden algunos la ilusión? Exploremos este mundo, lleno de posibilidades,
perdonemos a quienes nos hacen daño porque ¿qué beneficio puede traernos pensar
mal de alguien? Ciertamente sólo dolor. Tengo 16 años, soy una niña como
cualquier otra, y nadie me va a escuchar pero aporto mi granito de arena, a la
playa que es el mundo ya que el propio dolor me ha enseñado que el dolor no
vale la pena.
La llamada del mar
Sé que incluso aquél que no lo conocía, sintió su llamada.
Mientras siga existiendo vida sobre este planeta, el mar seguirá estremeciendo
nuestras almas, atrayéndonos hacia él, intrigados por los misterios que
esconde, por todo aquello que sabemos que nunca llegaremos a conocer. Puede que
sea porque hay mucha más agua que tierra en nuestro rincón del universo, puede
que porque haya más agua que tierra en nosotros mismos, puede que por su
pureza, por su transparencia, por su color, tan bello como el color del lugar
en el que muchos esperamos acabar, cuando nuestros caminos se trunquen. Hasta
el jefe más patriota de cualquier tribu sahariana, o el más puro monje tibetano
ha soñado alguna vez con el misterio azul, al haber escuchado a viajeros
maravillados por su inmensidad.
“Cristina te estamos esperando, baja la
maleta!” El grito de mi madre, agudo, deformado por los nervios de que todo
saliese perfecto, me despertó de mis reflexiones, teníamos que salir ya para
Barcelona, o perderíamos preciosas horas de vacaciones sumergidos en atascos entre
personas que habrían sido igual de poco previsoras que nosotros. Metí a presión
dos bañadores, un cuaderno, cogí los cascos y bajé la escalera milagrosamente
sin romperme la nariz, sólo un pequeño
moratón al saltarme el último peldaño, feliz de desaparecer por un tiempo, de
alejarme de la rutina, agotadora, a la vez que agobiada, temiendo una madre
refunfuñona con ganas de llegar a la playa. Mi hermano Jaime agarró al vuelo la maleta, que bajaba descontrolada
precediéndome por las escaleras, velozmente antes de que mamá la viese, me
ayudó a levantarme, se rió un poco de mí, soltó su típico “Cris… eres un caso
perdido!” y se alejó con mi maleta. Salí corriendo detrás de él, esta vez con
un poco más de cuidado y llegué al coche sana y salva, para gran asombro de
Jaime. A los cinco minutos ya estábamos en la autopista, rumbo directo a una
libertad temporal pero anhelada como si fuese definitiva. Agotada de la noche
anterior, bien aprovechada al ser la última de fiesta hasta la vuelta, apoyé la
cara sobre la ventana, los pies invadiendo el espacio vital de mi hermano, que
ya se ha rendido, después de experimentar años de inútiles quejas. Me coroné de
mis enormes cascos, que me hacen las veces de almohada, y antes de encender la
música, caí redonda. Cuando me desperté, un suave olor a salitre entraba por la
ventana abierta del copiloto.
Olor a salitre! Ahora me daba cuenta de cuánto lo había
echado de menos. Me llenó de euforia, un olor que te abre esperanzas ante unos
días memorables, característica que suele acompañar los momentos pasados cerca
de ese olor, al igual que el calor, la tranquilidad, el descanso… la felicidad!
Es un recuerdo en forma de olor. Paramos el coche en el paseo marítimo, para
saludar al mar antes de que anocheciese y, sin darme cuenta, abrí la puerta,
salté fuera y crucé corriendo la acera del paseo marítimo, me plaqué contra la
valla, subí a la primera barra y sin ni siquiera pensar en lo peligroso de mi
postura, abrí los brazos, cerré los ojos e inspiré a pleno pulmón el olor del
mar, dejándome embriagar por su aroma. Un aroma indescriptible, un aroma que
tiene el poder de inspirarte, de hacerte sentir libre, tranquilo, en paz, es un
olor que parece que te dice “por muy dura que se ponga la vida, no te preocupes,
que yo siempre estaré aquí para reconfortarte”. Al expirar, feliz, me dejé caer
de la barandilla, todavía con los ojos cerrados, apoyando mis codos sobre ella,
dejándola soportar todo mi peso, porfin relajada. Con una media sonrisa dibujada
en mi cara, abrí lentamente los ojos, para observar una de las escenas más bonitas de las que nos regala la que
supera a cualquier artista: La Naturaleza.
El sol se estaba poniendo. La media esfera parecía ser engullida por el
mar en el horizonte, quemándose, perdiendo la batalla, a cada momento más roja
y más espectacular, dejando como único rastro un reflejo que hacía brillar el
mar, vencedor, haciéndolo aún más bello..
La inexplicable escala de colores que dibuja la naturaleza había pintado
las nubes de rosa, un rosa inocente, como el algodón de azúcar, tan ajeno a la
pasión y la energía que transmitía el sol al desaparecer, justo debajo de
ellas. Emocionada, solté la valla y bajé corriendo la primera escalera que
descendía hacia la playa, me senté de rodillas sobre la arena, suave y beige,
la acaricié y cogí un puñado con cada mano, dejándola caer sobre mis piernas,
para sumergirme aún más en las sensaciones que producía. Me tumbé boca arriba,
mirando hacia la orilla, observando el pequeño desierto de dunas que era la
playa hasta llegar a romper con la espuma blanca de las olas. Al cabo de un
rato me levanté y recorrí todo el paseo marítimo, observando el ir y venir de
las hojas de las palmeras, mecidas por el viento de ésta época del año, los pescadores
recogiendo las redes, los niños riendo y corriendo mientras sus padres cenaban,
con helados de todos los colores en sus pequeñas manos, empezaba a refrescar,
pero era un frío distinto del de la ciudad, un frío que penetra la carne.
Caminando, llegué al restaurante pesquero en el que cenamos siempre la primera
noche que llegamos a Sitges, y ahí estaban, sentados, riendo, mis padres y
Jaime, parecían más ligeros, como si se hubiesen quitado un peso de encima: Por
fin habían acudido a la inevitable llamada del mar.
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