Este es el adiós escrito en la punta de mi lengua y en mis lagrimales.
No estoy, aunque te prometa lo contrario, ya no estoy. No estás. Porque yo ya no soy, y tu tampoco eres. Una vez escuché en alguna canción una frase que supe que acabaría usando: "Eres el inmortal reflejo de aquello que un día fue". Y me temo que ese momento ha llegado.
Este es el adiós que provoca un mordisco del lobo Miedo que se ha puesto a vivir en mi pecho cada vez que lo pienso.
Este es el necesario adiós que te he prometido, jurado y perjurado que no existe, que no existirá.
Te he hablado de mi lobo. Pero te he hecho creer que le quiero y que pretendo dejar que viva conmigo para siempre. Esta viejecito ya, le fallan las patas de tanto dar guerra y apenas le alimento, apenas le alimentas.
Sigo aquí en realidad, físicamente estoy, mis promesas existen. Pero mientras prometo y te adoro estoy buscando por los recovecos, debajo de las mesas, detrás de las cómodas la fuerza para dejarte inconsciente, quitarte las llaves de la puerta y salir corriendo. Correr sin mirar atrás, olvidar todo, ignorar que existió nada de aquello de lo que huyo.
Me tocan a mi las llaves. Ya las has tenido suficiente y las has usado para reírte de mi. Me has encerrado fuera y me has dejado tiritar. Cuando te has cansado me has encerrado dentro y me has abrazado. Peor que haber tiritado, me has hecho creer que merecía tiritar. Que no merecía ni una manta ni un abrazo. Eso no va a desaparecer. Va a quedar una cicatriz que no vas a preocuparte por curar, por evitar que se infecte. Simplemente no te interesa, no te llama la atención.
Por ello cuando yo descubra cómo se hace y recupere algo de fuerzas saldré de aquí el doble de fuerte y el doble de sabia.
Las llaves me las colgare al cuello cual medalla.